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Entrevista a Joseph Stiglitz: libertarios, la deuda argentina y una advertencia sobre la ineficiencia del mercado

El premio Nobel afirma que la caída de la inflación reivindica su postura, pero los acontecimientos mundiales ponen en tela de juicio otras opiniones.

Antes de hablar con Joseph Stiglitz, uno de los miembros de su sorprendentemente amplio equipo me pregunta si puedo avisarle con antelación de mis preguntas. Resulta que el Premio Nobel aprecia tener tiempo para prepararse. Los críticos de Stiglitz podrían reírse: ¿no se ha estado preparando durante las últimas tres décadas? ¿Seguro que su crítica progresista del libre mercado es ahora algo natural?

Stiglitz, presidente del Consejo de Asesores Económicos de Bill Clinton y economista jefe del Banco Mundial en la década de 1990, saltó a la fama en 2002 con su bestseller, El malestar en la globalización, un ataque al Fondo Monetario Internacional (FMI). Sin embargo, a pesar de ser despreciado por The Economist, para muchos izquierdistas se convirtió en ‘el economista'.

Algunas cosas han cambiado. A sus 81 años, Stiglitz se siente finalmente en ascenso. El escepticismo ante las regulaciones comerciales es ya una opinión generalizada entre demócratas y republicanos. "Lo que yo opinaba en el año 2000 sobre la globalización es realmente lo que opina el mundo hoy", dice, jovial y aparentemente espontáneo. Incluso el FMI ha asumido su crítica.

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El presidente estadounidense, Joe Biden, ha adoptado algunas políticas de gran estado favorables a los trabajadores, las cuales Stiglitz aprueba. Stiglitz también se siente reivindicado por la caída de la inflación. En noviembre, cantó victoria en nombre de los economistas que, como él, sostenían que la suba de precios era una reacción "transitoria" a los problemas de la cadena de suministro.

"Si no se hubiera hecho más que normalizar las tasas de interés al 3%, 3,5%, 4%, la inflación hoy sería poco diferente de lo que es". La inflación al consumo en Estados Unidos fue ligeramente superior a lo previsto en marzo. "Inevitablemente va a haber variaciones intermensuales... Pero la inflación bajó drásticamente -como había predicho el ‘equipo transitorio'- sin que el desempleo aumentara de la forma que el otro equipo había dicho que era necesario".

Sin embargo, el nuevo orden mundial también plantea retos para la visión del mundo de Stiglitz. Ha pedido un mejor trato tanto para los pobres del mundo como para las regiones desindustrializadas de Occidente: las necesidades de ambos suelen chocar. EE.UU. quiere crear empleos industriales ecológicos produciendo autos eléctricos y paneles solares, pero se queja de que las importaciones chinas representan una competencia desleal.

¿Es China un actor constructivo en el comercio mundial? "En muchos sentidos, debido a la opacidad de su sistema, no lo sabemos con exactitud". La "ironía" es que desde 2019, EE.UU. ha bloqueado el nombramiento de nuevos jueces para el órgano de apelación de la Organización Mundial del Comercio (OMC), el máximo tribunal de apelaciones para el comercio mundial, "por lo que no tenemos una manera legal formal de decir si han violado las reglas o no".

El problema subyacente es que EE.UU. no previó un rival como China, dice Stiglitz. Incluso sin subsidios, China "podría ser más competitiva sólo por la escala de su economía y el número de ingenieros con los que cuenta. Nuestra subinversión en ingeniería y su sobreinversión en ingeniería: eso no es una violación comercial, es un error estratégico. Se ponen en una situación de ventaja comparativa, y nosotros no lo hemos aceptado".

El éxito de China con los autos eléctricos es también para Stiglitz prueba de que, en la política climática, las regulaciones suelen funcionar mejor que los subsidios. Hace más de una década, "estuve en una reunión con el primer ministro Wen Jiabao en la que les dijo a las automotrices: tienen que ser eléctricas en cinco años o se van de aquí. China ha dejado claro que será un país de autos eléctricos; nosotros, no".

¿Apoya Stiglitz el regreso de los empleos industriales? "La pandemia dejó muy claro que no tenemos una economía resiliente y que las fronteras son importantes e, independientemente de nuestros acuerdos, a la hora de la verdad, vamos a priorizar a nuestros ciudadanos".

Otro premio Nobel, Angus Deaton, ha pasado recientemente a alegar que los líderes de los países ricos deben priorizar a sus propios ciudadanos frente a los más pobres del mundo. Stiglitz no está de acuerdo: si se considera que Occidente prioriza a su propia gente, no podrá fomentar la cooperación mundial, por ejemplo, en materia de cambio climático. "Podemos implementar políticas industriales en las que se compartan más las tecnologías verdes".

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A Stiglitz le gusta el eslogan "reducción de riesgos": tener la producción de chips de alta gama concentrada "en una isla, Taiwán, es una locura". El proteccionismo de los republicanos en EE.UU. se debe a que ven el mundo como una "suma cero", mientras que a los demócratas les preocupa que los beneficios del comercio los absorban las corporaciones, no los trabajadores. Además, "los demócratas siguen creyendo en un sistema basado en normas, sólo que no creen que China esté obedeciendo las reglas. Están intentando averiguar qué tipo de sistema basado en reglas puede funcionar en un mundo en el que hay tanta heterogeneidad".

El nuevo libro de Stiglitz, The Road to Freedom (El camino a la libertad), busca recuperar la idea de libertad de la derecha estadounidense. EE.UU., señala, nació de la idea de que no debe existir tributación sin representación. Algunos ciudadanos parecen rechazar ahora el concepto de tributación incluso con representación.

La libertad no es algo que pueda maximizarse fácilmente, como desearían los libertarios. Implica compromisos: la libertad de una persona de llevar un arma limita la libertad de muchos niños de ir a la escuela; la libertad de una compañía farmacéutica de cobrar lo que quiera entra en conflicto con la libertad de los enfermos de vivir.

La incapacidad de la derecha para comprender estos compromisos es su "defecto filosófico fundamental", escribe Stiglitz. Ha creado una sociedad desigual y deshonesta, encarnada en parte por Donald Trump: la Universidad Trump, la escuela con fines de lucro que fundó, se construyó, como muchas empresas estadounidenses, sobre la explotación; el propio Trump, como muchos niños ricos de EE.UU., cree que tiene derecho a romper las reglas de la sociedad.

El populismo es más fuerte en países como Brasil, EE.UU. y Hungría, que no han abordado la desigualdad, sostiene Stiglitz. El estancamiento del nivel de vida y la consiguiente pérdida de esperanza crean "un campo fértil para un demagogo como Trump. Trump es producto del neoliberalismo".

Stiglitz compartió el Premio Nobel de 2001 por su trabajo sobre cómo la información imperfecta afecta a los mercados, pero no había pensado que esto se aplicara a las personas que crean deliberadamente desinformación. "¡No habíamos considerado plenamente cuán malvada puede llegar a ser la gente! Quizás, si yo sabía algo, no se lo decía a nadie, pero había leyes contra el fraude y teníamos principios científicos, no se podía sencillamente mentir".

Las soluciones de Stiglitz suelen sugerir que EE.UU. debería parecerse más a Europa: regulación online, prestaciones por enfermedad y vacaciones pagadas. Pero entonces, ¿por qué EE.UU. sigue superando a Europa en crecimiento e innovación tecnológica? Su respuesta tiene dos aspectos. En primer lugar, las cifras de crecimiento de EE.UU. se ven favorecidas por las tendencias poblacionales. "Una vez que se ajusta a parte de la demografía, no nos va tan bien". En segundo lugar, el PBI no es suficiente. "Estamos fracasando. Nuestra esperanza de vida ha disminuido. Los datos sobre infelicidad: estamos muy abajo". En general, "si fueras un ciudadano cualquiera, ¿preferirías terminar en Suecia o en EE.UU.? La respuesta no deja lugar a dudas. No va a ser en EE.UU".

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El potencial de Silicon Valley es real, pero "gran parte" se debe al apoyo gubernamental y a universidades sin fines de lucro como Stanford y Berkeley. De todas formas "este mundo tecnológico es la antítesis del mundo de Trump. Él quería reducir los gastos de investigación".

Sin embargo, el Gobierno se encuentra bajo presión: las proporciones deuda/PBI occidentales han aumentado. ¿Le preocupa esto a Stiglitz? No le preocupa EE.UU. "La tasa de crecimiento de los últimos 100 años ha sido muy superior a la tasa de interés real, que es realmente la variable crítica en la sostenibilidad de la deuda. Invertir en infraestructuras con mayores impuestos también impulsaría el crecimiento", sostiene.

La eurozona, donde los países no pueden imprimir su propia moneda y tienen menos margen para subir los impuestos, es diferente. "Es difícil no preocuparse por la deuda italiana, por ejemplo".

La filosofía económica de Stiglitz tuvo un breve momento en la política argentina. Un protegido de Stiglitz, Martín Guzmán, fue nombrado ministro de Economía en 2019. Pidió la reestructuración de la deuda argentina, pero terminó renunciando en 2022 tras no lograr conseguir apoyos para recortar el gasto. ¿Cuáles son las lecciones? "No se puede separar la economía de la política... Pero para el mundo en conjunto, la ausencia de un procedimiento de quiebra soberana es realmente un fracaso crucial". Stiglitz también ha citado con aprobación al presidente izquierdista de Chile, Gabriel Boric, cuyas ideas también han chocado fuertemente con la realidad.

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Su libro The Road to Freedom sorprende por su repugnancia moral ante el "egoísmo", el "materialismo" y la "deshonestidad" del capitalismo neoliberal. Stiglitz se queja de las aerolíneas que pierden el equipaje; de las redes telefónicas poco confiables; de los call centers que te mantienen en espera durante horas. Es claramente personal. "¿Cuántas personas que todos conocemos, sobre todo ancianos, enfrentan el problema de las estafas?Es tan desagradable que tengamos que pasar gran parte de nuestras vidas a la defensiva".

Se burla de sus rivales economistas diciendo que sufren de "disonancia cognitiva: te pasas la vida demostrando que los mercados son eficientes y luego te pasas el resto de la vida lidiando con las evidentes ineficiencias de la economía de mercado".

Me pregunto si a él se le aplica la misma disonancia cognitiva. Sostiene que "en su mayor parte, los ingresos comerciales carecen de legitimidad moral". ¿Ocurre lo mismo con sus propios ingresos?

Toma la pregunta con buen humor. "Los salarios que cobramos todos no pueden justificarse en ningún sentido moral. Algunas de las cosas que hago podrían generarle miles de millones de dólares a otra persona. ¿Cuánto de eso es atribuible a lo que he hecho? Ni siquiera sé cómo pensar en eso". Sí sabe "que la gente que trabaja muy duro, en empleos muy desagradables, no recibe una remuneración que la compense" en relación con los demás. El salario mínimo federal estadounidense está "al nivel que estaba hace 65 años, ajustado a la inflación. Es prácticamente increíble". Algunas cosas deberían cambiar, aunque el propio Stiglitz se mantenga fidedignamente constante.

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