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Cinco claves por las que los inversores deben esperar lo inesperado

Hay que pensar en términos más amplios que los actuales modelos económicos y el Big Data para comprender las incertidumbres financieras actuales.

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Esta semana fui a una cena en la que un invitado planteó una pregunta que muchos inversores podrían hacerse: ¿es racional sentirse ahora optimista o pesimista sobre el futuro?

Mientras tomábamos vino, un tema quedó claro: lo que estaba dando forma a nuestro sentimiento no eran sólo amenazas modernas tangibles, como la inteligencia artificial o la inflación, sino también una profunda sensación de desorientación.

Nuestro estado de ánimo estaba marcado por una sensación de "incertidumbre radical", por citar el título de un libro escrito por Mervyn King, exgobernador del Banco de Inglaterra, y el economista John Kay. Predecir cualquier cosa parece peligroso hoy en día, teniendo en cuenta cuántas previsiones han salido mal en los últimos años, y lo nebuloso que parece ahora el futuro.

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No es de extrañar. Los mercados bursátiles han oscilado salvajemente desde principios de 2020, y las expectativas de crecimiento -e inflación- desafiaron constantemente las predicciones.

Incluso el dinero inteligente se ha equivocado. Miren a Bridgewater, uno de los mayores fondos del mundo y uno de los que mejores resultados ha obtenido. Analizó en qué se había equivocado en sus últimas previsiones y admitió que sus hipótesis sobre el crecimiento y los precios de la renta variable habían fallado.

Sentimientos similares afloran en otras instituciones. También en los bancos centrales. "Nadie sabe con certeza dónde estará la economía dentro de un año o más", admitió a fines del año pasado el presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, Jay Powell, después de que quedara claro que las previsiones de la Fed sobre la inflación eran totalmente erróneas.

¿Hay alguna forma de abordar esta cuestión? Yo diría que podemos empezar por reflexionar sobre las herramientas que muchos inversores, financieros y banqueros centrales han utilizado en los últimos años para navegar por el mundo, y modificarlas.

Durante la segunda mitad del Siglo XX, el mundo financiero y empresarial utilizó los asombrosos avances en la computación para desarrollar herramientas intelectuales distintivas para analizar el pasado y el presente, como los modelos económicos, los balances corporativos y el análisis de Big Data.

Estas tres herramientas son fantásticamente útiles. Sin embargo, todas sufren una vulnerabilidad: sólo son tan buenas como los datos que usan. Más concretamente, dado que ningún modelo, balance o conjunto de Big Data puede captar todo lo que ocurre, inevitablemente se dejan fuera campos de información.

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Si el material que se excluye es de naturaleza estable y/o de pequeño impacto, estas omisiones pueden no importar. A menudo es así; si se está prediciendo el futuro PBI, no importa si el modelo económico ignora el color del pelo de una población. Pero a veces el material excluido de los modelos está cambiando de una forma que importa enormemente. Y esa es la situación a la que nos enfrentamos hoy en día: cuestiones que antes no se tenían en cuenta en los modelos, como el cambio climático, los riesgos médicos, el cambio tecnológico o la guerra, están adquiriendo una gran importancia.

Esto no significa que debamos desechar estas herramientas intelectuales. Ni mucho menos; los balances y los modelos son vitales. Pero tenemos que pensar en el contexto cultural, físico y tecnológico más amplio, y en lo que hemos ignorado.

O, por utilizar una analogía que desarrollé en un libro reciente, si nos fijamos en los modelos y los balances sin estudiar los insumos -y las exclusiones-, actuamos como alguien que camina por un bosque oscuro con una brújula y sólo mira la esfera. Aunque la brújula sea tecnológicamente brillante y muestre la macrodirección, si sólo miras el dial te estrellarás contra un árbol.

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En lugar de eso, la mejor manera de navegar es mirar la esfera de la brújula y utilizar la visión lateral para mirar el mundo en general.

Así pues, a los inversores sugeriría que pensaran al menos en cinco cuestiones que antes solían quedar excluidas de los modelos y los balances: el cambio tecnológico, el medio ambiente, la guerra, la salud y la cultura política de las empresas. Todos importan ahora.

El cambio tecnológico

A primera vista, la tecnología es un tema obvio para incluir en los modelos económicos, dado su papel central en el Siglo XXI. Al fin y al cabo, las acciones de las grandes empresas tecnológicas han disfrutado de una trayectoria asombrosamente buena en la última década. Y la actual efervescencia en torno a la inteligencia artificial está provocando un nuevo auge en la valoración de acciones como OpenAI y Anthropic, y de fabricantes de chips como Nvidia.

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Pero lo que a veces se ignora es cómo la digitalización está cambiando la cultura de los consumidores y las empresas de formas sutiles pero poderosas que hacen que los modelos del pasado sean menos relevantes como guías para el futuro.

Miremos lo que pasó este año con el Silicon Valley Bank (SVB). Los reguladores saben desde hace tiempo que la digitalización de las finanzas ha cambiado la forma en que se mueve el dinero. Pero hasta que el SVB implosionó, los reguladores suponían que si un banco regional tenía problemas, se produciría una corrida bancaria lo suficientemente lenta como para permitir a los reguladores elaborar una respuesta en un fin de semana. Las reglas bancarias sólo exigen que los bancos tengan activos suficientes para sobrevivir a la pérdida del 5% de sus depósitos por día durante un mes.

Pero cuando SVB tuvo problemas, perdió u$s 42.000 millones en unas pocas horas y más de u$s 100.000 millones al día siguiente, porque sus clientes eran una 'tribu' altamente concentrada y conocedora de la tecnología. En retrospectiva, esto debería haber sido obvio. Pero los modelos financieros de los riesgos bancarios no tienen en cuenta las pautas culturales de los depositantes de un banco.

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Esto debería hacernos reflexionar a todos sobre otros ámbitos empresariales en los que los clientes ya no son fieles. También debemos considerar cómo la digitalización está cambiando los patrones de confianza: los consumidores, votantes y empleados de hoy en día tienen más probabilidades de obtener información de su grupo de pares online que de figuras de autoridad jerárquicas, creando patrones horizontales de la llamada 'confianza distribuida', una frase acuñada por la socióloga Rachel Botsman. También deberíamos considerar cómo los celulares están cambiando el comportamiento de los directivos al crear niveles de transparencia antes inimaginables, como en el caso de los escándalos del #metoo. Mientras tanto, un número creciente de actividades económicas ya no están siendo mediadas por el dinero, ya que los consumidores (o las empresas) obtienen servicios de Internet 'gratuitos' a cambio de entregar datos.

El cambio climático

Hasta hace una década, el medio ambiente era otro tema a menudo excluido de los modelos e informes corporativos o, en el mejor de los casos, tratado como una nota a pie de página; los recursos naturales consumidos por las empresas, como el agua, no se valoraban y se pasaba por alto el impacto de las empresas en el medio ambiente.

Esta situación está cambiando: unas 1500 empresas con activos han adoptado los parámetros del Grupo de Trabajo para la Divulgación de Información Financiera Relacionada con el Clima (que hace un seguimiento de las emisiones), y 10.000 utilizan las normas de sostenibilidad de la Global Reporting Initiative. El FMI, el Banco Mundial y los bancos centrales también están incorporando estos enfoques.

Esto es positivo, aunque tardío. Sin embargo, nuestros modelos siguen sin captar algunos aspectos del cambio climático, no sólo en términos de riesgos meteorológicos tangibles, sino de la respuesta política y la innovación ecológica asociada. Pensemos en la Ley de Reducción de la Inflación (IRA) de EE.UU. Hasta el año pasado, parecía difícil imaginar que Washington pusiera en marcha a corto plazo políticas verdes a gran escala; tanto es así, que cuando surgió la idea de la ley, los funcionarios europeos apenas le prestaron atención.

Puede que no baste para evitar el cambio climático. Pero la Ley ha impulsado la producción y la inversión en ecología. "Desde que @POTUS asumió el cargo, las empresas privadas han anunciado más de u$s 480.000 millones en inversiones en fabricación y energías limpias, y la Administración ha concedido más de u$s 220.000 millones en financiación de infraestructuras", tuiteó Heather Boushey, asesora económica de la Casa Blanca. Hace dos años esto no se tenía en cuenta en los modelos de los economistas.

O pensemos en Europa. Cuando Rusia invadió Ucrania en febrero de 2022, los modelos económicos sugerían que la pérdida del gas barato ruso devastaría la economía europea. Esto no ocurrió, en parte debido a un clima más cálido de lo esperado y a las importaciones de GNL. Pero también asistimos a una explosión en el despliegue de energías renovables y a un aumento de la eficiencia energética que no se había previsto.

El impacto de la guerra

Hasta hace unos años, cuando se pedía a los asistentes a la reunión anual del Foro Económico Mundial (FEM) en Davos que clasificaran los riesgos, rara vez colocaban un conflicto violento entre los 10 primeros. Ya no: el último informe del FEM, publicado en enero, tras la brutal invasión rusa a Ucrania, cita la "confrontación geoeconómica" y una "erosión de la cohesión social" en esa lista. "Hemos asistido al regreso de riesgos "más antiguos", que pocos de los líderes empresariales y responsables de políticas públicas de esta generación han experimentado", señaló el FEM, citando cuestiones como la "guerra nuclear" y los "enfrentamientos geopolíticos" como algunas de estas nuevas (viejas) amenazas.

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Esto está obligando a los inversores a enfrentarse a preguntas espeluznantes: ¿podría China invadir Taiwán? ¿Podría EE.UU. luchar contra Irán? ¿Dónde conseguirá Occidente los chips si se pierde Taiwán? ¿Quién suministrará minerales de tierras raras? ¿Podrían cortarse los cables submarinos que permiten la conexión a Internet? Esto no se puede modelizar. Pero los inversores tienen que pensar en estos peligros y preguntarse si el aumento de la inversión en defensa podría aumentar el crecimiento (que es bueno) o la inflación (que es mala), o dar rienda suelta a la innovación.

En el pasado, después de todo, la investigación en defensa creó Internet (entre otras muchas innovaciones militares). El conflicto actual en Ucrania podría dar forma al futuro de los drones y las conexiones por satélite, por ejemplo.

La economía política 

Otro factor que a menudo se pasa por alto es la cultura de la economía política y las expectativas de la sociedad en torno a las empresas. En la segunda mitad del Siglo XX toda una generación en Occidente también se impregnó de la 'doctrina Friedman', llamada así por el economista liberal Milton Friedman, que escribió un (tristemente) célebre ensayo en 1970 en el que sostenía que la principal "responsabilidad social de las empresas es aumentar sus beneficios".

Esto dio forma a las suposiciones de los inversores, muchos de los cuales asumen que la intervención gubernamental en los mercados "libres" es una mala idea. Pero desde la gran crisis financiera de 2008, se ha producido un sigiloso cambio de paradigma en Occidente, a medida que se ha ido introduciendo más intervención estatal, primero en las finanzas, luego en los mercados monetarios (con la flexibilización cuantitativa), más tarde en los sistemas de salud y en las cadenas de suministro (durante la pandemia) y, más recientemente, en el sector energético y en industrias estratégicas como la de los chips.

La política industrial ha dejado de ser una mala palabra y se ha instaurado una mentalidad más colaborativa. Una expresión de esto es el creciente uso del lenguaje patriótico en sectores como la tecnología, y el impulso a una mayor producción nacional. Y cuanto más conflicto geopolítico surja, más pronunciado será este cambio. Este giro es en sí mismo difícil de modelar, pero es importante, ya que significa que los controles regulatorios en las finanzas, la tecnología y la salud podrían ser diferentes a los del pasado.

Riesgos para la salud

Antes de 2020, los riesgos sanitarios también estaban excluidos en la mayoría de los modelos económicos. Esto cambió con la pandemia, y hoy ningún gobierno (o economista) se atrevería a decir que ignora los futuros riesgos de enfermedades infecciosas.

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Esto es un avance. Y podría crear oportunidades de inversión en el futuro en torno a, por ejemplo, nuevas vacunas o telemedicina. Pero algunos aspectos de la salud pública siguen pasándose por alto.

La salud mental y los problemas de adicción, por ejemplo, pueden afectar a la productividad y el crecimiento de los empleados, pero a menudo se ignoran. Y hasta hace poco apenas se prestaba atención a la demografía, a pesar de que hace tiempo que está claro que la política china del hijo único podría hacer que su población disminuyera. Las previsiones económicas establecidas podrían fallar (aunque si los robots sustituyen al trabajo humano esto podría complicar aún más las cosas).

Equilibrar las incertidumbres

Estos cinco puntos de partida no son exhaustivos: temas como el populismo, la desigualdad y la ciberdelincuencia son también piezas importantes del 'contexto'. Y estos temas no son necesariamente una razón para el pesimismo per se.

Sí, la guerra es peligrosa y destructiva. También lo es el cambio climático. Pero las innovaciones en tecnología, salud y energía ofrecen motivos para el optimismo. En otras palabras, las sorpresas que nos asaltan ahora son tanto malas como buenas, aunque las primeras parezcan más urgentes y significativas en este momento.

Pero el punto clave es el siguiente: seamos pesimistas u optimistas, debemos ampliar nuestra lente -y nuestra imaginación- y ver el contexto de nuestros supuestos. Mirar alrededor de la brújula metafórica es ahora más crítico que nunca; ningún inversor quiere chocar contra un árbol.

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